“Igual al resto”, por la Lic. Silvana Antonelli

Trabajo realizado en el Seminario “Psicoanálisis con niños”, a cargo de la Lic. M Cristina Fernández Pintos

 

Conocí a Q a principios de 2010, momento en el que comencé a trabajar con ella como acompañante terapéutico dentro del contexto escolar. Debido a que fue una de mis primeras experiencias, fueron muchas las preguntas que surgieron, pero lo que si tenía en claro, era que, para poder acompañar a Q debía prescindir del rótulo con el que la niña había sido asignada, y, como contraposición a esta postura, tener en cuenta su subjetividad.

 

Debido a que mi función conformaba parte de un grupo terapéutico con el que la nena ya venía trabajando, tuve una comunicación con la analista con quien estaba en tratamiento, quien me comentó algunas de las entrevistas que había tenido con la mamá de las cuales me parece importante remarcar algunos fragmentos del discurso materno:

Mamá: - “Quedé embarazada de Q cuando tenía 17 años, quien era por entonces mi novio no quiso saber nada al respecto, por tal motivo interrumpí la relación y continué viviendo en casa de mis padres. Ellos me cedieron su habitación cuando la bebe nació para que estuviéramos más cómodas y se fueron a dormir al sillón del living”. “La verdad es que cuando nació, no la podía ver como mi hija, no le pude dar el pecho, y cuando lo intenté ella no lo quiso. Sentía como si fuera mi hermanita menor. Fue mi mamá quien  tomó mi lugar y se encargó de la nena”. “Cuando Q tenía 3 años quisieron echarla de un jardín y mandarla a una escuela especial, lo cual no permití”. “El papá no se acercó a ella hasta que la nena ya era grande, y en ese entonces, fui yo quien no permití que la viera, ya era tarde”.    

Retomo, para poder reflexionar al respecto, las palabras de Liliana Donzis:  “Cuando un niño, un hijo, ocupa el lugar de objeto en la disputa de la pareja parental, su porvenir está comprometido, lo mismo que la subjetividad y la patología de los padres”[1].

Q: - “porque mis amigas no me quieren, no quieren jugar conmigo”, “Porque mis maestras me dejan de lado, no me invitan a participar, no me mandan a buscar los materiales”. Estos eran algunos de sus comentarios al respecto. A mi entender, parecía como si todo el tiempo se sintiera rechazada. La pérdida, la angustiaba; el no sentirse querida o aceptada por sus pares la colocaba en una posición de vulnerabilidad.

Buscando la integración de Q a su grupo de pares y aprovechando que el profesor de ciencias podía ver algunas modificaciones en ella a raíz de mi presencia, consulté si existía la posibilidad de realizar trabajos en grupos. Esto acercó mucho a Q a sus compañeros, la invitaban a la casa para llevar adelante la tarea, intercambiaban números telefónicos, lo cual entusiasmaba mucho a la niña. Había comenzado a sentirse respetada, querida, y me lo hacía saber.

Un día durante un recreo, jugaba a correr y cayó al piso. Desde ese lugar me llamó:

Q: - “Seño Silvana, vení a salvarme” decía mientras estiraba su mano hacia mí. Me dirigí hacia donde estaba, tomé su mano y la ayudé a levantarse. Cuando se incorporó le pregunté si estaba bien, si se había lastimado, a lo cual me respondió con una pregunta:

Q: “ Silvana, ¿vos me querés?

S: “Claro que sí Q”

Sonrió, y siguió jugando. A partir de ese momento comenzó a llamarme por mi nombre y dejo de decirme seño. Me pregunto entonces, ¿Acaso Q sintió que la ayudaba a salvarse?, ¿Fue quizás el haber acudido a su llamado, a su pedido de ayuda lo que produjo una modificación?, ¿Será que pudo sentir que me importaba lo que le sucedía?, ¿Qué la escuchaba?.

Los esfuerzos de la niña se hacían notorios, tanto a nivel de resultados como a través de su discurso. Fue así como, en una oportunidad, me preguntó porque a ella no la elegían para pasar a la bandera. La pregunta me pareció importante, ahí estaba Q, la voz de la niña se hacía escuchar, y aunque sus inhibiciones continuaban, podía hablar en pos de sus intereses, en busca de un pedido de reconocimiento.

Mi trabajo se basaba en apoyarse en pequeñas diferencias, en producir un espacio vacío de goce, donde pueda circular la palabra.El psicoanálisis no ofrece protocolos de tratamiento, subraya el uno por uno de cada niño y de cada historia singular.

Creí fundamental llevar su consulta a la reunión de padres, durante la cual expuse lo que la niña me había preguntado. La respuesta de la docente de Prácticas del Lenguaje,  aunque la niña tenía una de las mejores calificaciones de la clase, fue un “no”. Desde su posición pedagógica, para ella no lo merecía, porque trabajaba con ayuda.

Luego de la reunión, la madre pidió hablar conmigo a solas y muy ofendida me dijo:

Mamá: - “No quieras ocupar mi lugar, yo soy quien habla por mi hija”, “me esfuerzo mucho”, “hago todo para que sea igual al resto”.  

Q se estaba haciendo oír y esto parecía incomodar.

Mi intervención terminó por elección de su madre con el ciclo lectivo. Se me ocurre pensar, desde la distancia “qué bueno que en este acto, en lugar de rechazar a su hija, haya sido yo la persona rechazada”.

Luego de algunos años Q me contactó por medio de una red social, y a través del chat me pregunta:

Q: “Silvana, te acordás cuando me decías Q” ( apodo por el cual yo la llamaba)

S: “Claro que me acuerdo”

Q: “Y, todavía me querés?”

S: “Claro que sí, siempre voy a quererte”

Con esta valiosa experiencia, hoy, situada desde otro lugar pienso que en la clínica con niños no podemos anticipar cuando se verán los efectos del análisis en la vida cotidiana, la experiencia nos indica que los habrá, pero estos no son predecibles sino posibles y contingentes.

                                                                                           

BIBLIOGRAFÍA  

DONZIS, L: “Niños y Púberes, La Dirección de la Cura”. Editorial Lugar. 2013.

FLESLER, A.: “El Niño en Análisis y el Lugar de los Padres”, Paidós. 2007.

MAUD, MANNONI: “El Niño Retardado y su Madre”. Editorial Paidós. 1997.

 

 

[1] Liliana Donzis. “Niños y púbers la dirección de la cura”, pag. 118